Su expresión era como si tuviera un gran dolor emocional en lo más profundo de su alma.
Solo alcancé a decirle que había notado su tristeza, y que ojalá pudiera ayudar en algo.
Cómo se estruja el corazón cuando uno ve sufrir a los demás, aunque sean personas anónimas que no conocemos y que nunca antes habíamos visto.
Le ofrecí que estaría presente en mis oraciones, y dijo que sí, que lo necesitaba mucho, que necesitaba volver a la fe, y necesitaba el perdón.
Cómo me hubiera gustado hacer una oración sencilla, breve
pero de corazón, en voz alta, que quizá mitigara algo de su sufrir.
Ignoro completamente cuál sería la causa de su dolor o cuál
es su problema.
Sé que Dios puede darle el consuelo y restauración
necesarias (y esperanza y fortaleza más allá de lo que podría imaginar) si es
que lo busca a Él, al Dios verdadero.
Como dice un folleto…el amor de Dios, es un amor “que vale”.
El amor de Dios puede sanar sus heridas. Puede llenar su corazón de paz, esperanza, gozo.
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